Carmenza: las otras facetas de las cosas, y las suyas también

Carmenza: las otras facetas de las cosas, y las suyas también

En la pérgola de su casa, decorada entre otras cosas por caballos de mar y pegasos colgantes, está Carmenza: Una mujer en sus cincuenta, con una piel broceada, producto de horas pintando bajo sol; un pelo corto castaño con iluminaciones rojizas, y unos ojos miel, vivaces. En su regazo está Merlot, su pinscher –que parece más un bebé que un perro– mirándome con ojos de yo no fui.  “Él permanece así”, me dice Carmenza, acariciándolo. “Así coso, así pinto (con Merlot en las piernas). Mi mamá me dice que por qué no le traigo la cama, pero a él le encanta hacerse acá”. Dice, riendo y señalando la cama que le tiene en su taller, desde hace diez años.  

Su taller  o “reblujero”, como ella lo llama, es el lugar de sus quehaceres. En él,  un lienzo de gran formato, en el que danzan dos dragones rojo-anaranjados con  escamas salpicadas de dorado, sobre una mandala. “Ellos representan el fuego” me dice Carmenza, levantándose y acercándose al cuadro. “En esta mandala están los cuatro elementos: el agua es el azul del fondo,  el aire son las burbujas que hay en el agua y la tierra son las flores y plantas del centro” me explica, mostrándome con sus gruesos dedos cada parte del cuadro. “Pero todavía no está terminado”, me advierte.

A diferencia de las otras pinturas de Carmenza, que están colgadas en su taller–entre las cuales se encuentra una de Merlot–, las mandalas que pinta exigen más tiempo y trabajo. “En esos cuadros me he demorado máximo treinta minutos. Las mandalas son más complicadas. Con ellas he tenido que aprender a tener paciencia”.

Su falta de paciencia o ansia de cambio también se refleja en su espacio: la luz del atardecer le pega no solo a pinceles categorizados por forma, sino también a un maniquí de confección, a un telar para hacer bolillo y a un sinnúmero de plumas. Como sus disímiles quehaceres y objetos, Carmenza es una persona multifacética.

“Yo me aburro pintando siempre los mismo. Antes pintaba tacones, después hojas y caballos…ahora mandalas. Los pájaros los estoy dejando para cuando esté vieja que ya no pueda hacer obras de gran formato”. Se queda callada un momento y me pregunta:

“¿A qué le vas a tomar foto?… siento que intentar representar a una persona por una foto de sus objetos es un poco comprometedor, ¿no? Digo, porque tú no eres la misma que eras cuando tenías quince, no son los mismos objetos, ni la misma manera de ver el mundo, que la que tienes hoy”.

Quizá es por esa versatilidad característica de su personalidad que el elemento con el que se identifica es el agua: “Toda la vida me ha fascinado nadar y me fascina bucear. Me encanta el agua” me dice, mostrándome unas aletas de buceo rojas con negro.

Sin embargo, encuentro en ella ciertas constantes o motivos que se repiten. Sus gestos, por ejemplo: Ella habla como dibujando lo que cuenta con las manos; su acento paisa, Su amor por sus hijos “Que ya entregué al mundo”, o por los animales; gusto que viene del hecho de haber pasado su infancia en la finca de sus papás  con sus diez hermanos:

“Como éramos tantos no podíamos decir que nos íbamos de viaje todos a la costa. Pasábamos los dos meses de vacaciones en nuestra finca, El Danubio… Era una experiencia muy diferente; tú ahora dejas a un niño en una finca dos meses y se enloquece.” Afirma, mirando hacia el lado derecho, rememorando los tiempos que pasó en El Danubio.  “Nos levantaban a las cinco de la mañana a ordeñar y nos ponían a separar el ganado –que es separar a la vaca de su cría–. Cada una tenía su caballo y nos íbamos al río a vacunar el ganado… Yo era de Jeans rotos y de aparecer en las fotos como un coco, pero siempre con animales al lado. El pinche se lo dejé a mi hermana Nora.”

Comentario que concuerda con su cutis desprovisto de maquillaje y con las prendas cómodas que lleva puestas. Simplicidad que, lejos de hacerla ver insulsa, resalta su encanto, un poco silvestre y desprevenido.

Esos tiempos que pasó en su finca hicieron que ella terminara coleccionando caballos de todas partes, de todos los tamaños y materiales–ese lo trajimos de Barcelona, me dice, mostrando uno que está hecho en mosaico–. De esas épocas sacó también su amor por los animales, por el que casi se vuelve veterinaria.  Un intercambio y un novio, que a su mamá no le gustaba, se lo impidieron y la catapultaron a Bogotá. “Entonces  terminé en Taller Cinco, estudiando diseño textil y luego diseño gráfico. Ahora creo que lo mío hubiese sido más las artes plásticas” me cuenta, quitando un mechón de su frente, con sus robustas manos.

“Yo creo que lo manual siempre estuvo en mi familia, mi mamá cosía y nos entretenía poniéndonos a cortar y mi papá era mecánico empírico” continúa, mientras saca el telar de hacer bolillo que tiene y me muestra la manera intrincada de pasar los hilos, para que poco a poco vaya saliendo de él una figura, como salen las páginas de una máquina de escribir.

Terminó dedicándose a la pintura porque a la gente le gustaban sus bocetos de pregrado y empezó a hacer obras a partir de fotos. Ahora, tiene un cajón lleno de pinturas de Fabriano, que usa para hacer cuadros, que rara vez expone. “La roja y naranja son mis favoritas.” Cuando le pregunto cómo es su proceso creativo me responde:

“Mi proceso es ninguno”.

Carmenza suele pintar a mano alzada y medir con un palo de madera. Antes de hacer cualquier cosa busca referentes, “historias, imágenes, de cómo lo han hecho otros, para eso uso mucho mi Ipad.” dice, mostrándome su tablero de dragones en Pinterest.

De repente, se queda mirando al patio y me dice:

“¿Sí ves ese cacho de allá verde? Yo lo que hago es que no lo pinto del mismo color sino que trato de imaginar cómo se reflejaría la luz por ejemplo en un rojo y lo re-creo. Es un buen ejercicio.  Te incita a  pensar las otras formas en las que se puede ver el mundo a tu alrededor, las otras facetas de las cosas”.  

Para Carmenza, como para Borges, el microcosmos está en su patio. En cada hoja, en cada ardilla, en cada  atardecer; en ellos encuentra la polifonía del mundo, con Merlot en su regazo.

 

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