Una conversación con Carolina Vanegas Klein, sus libros, sus postales y los objetos de su casa

Una conversación con Carolina Vanegas Klein, sus libros, sus postales y los objetos de su casa

“Yo no me acuerdo de nada de cuando estaba chiquita… y creo que con mis cosas armo un rompecabezas de mi memoria.”

“¿Si la gente viniera a esculcarme la casa después de muerta, qué dirían mis cosas de mí?” Me pregunta, volteándose y mirándome con sus vivaces ojos azules, detrás de unos lentes con un marco café agatado, tipo años cincuenta. Su apartamento, amplio, con un ventanal que da a un paisaje urbano, interrumpido por unas flores moradas, está lleno de pequeños pedazos de ella: como los cactus que están en el borde de su ventana y los cigarrillos que atestiguan que celebró allí su cumpleaños número 35.  “Qué pena los muebles viejos”, me dice, señalando que ponga mi chaqueta y bolso sobre ellos “siempre que los veo pienso en tapizarlos, eran de mi papá, pero cuando tengo plata termino gastándomela en viajes y también es que Lámpara los mantiene vueltos nada”.

Lámpara (En realidad llamada Baronesa Ginebra Lámpara Harrison Miyagi),  su gata criolla que encontró en un basurero, con  pelaje café, rayado de negro, se sienta en el sofá al lado de Carolina, mientras tomamos té en las tazas torcidas– tipo Alice in Wonderland– que le regaló su papá. A ella le encanta tomar té, tiene una tetera  transparente con filtro, y mientras lo prepara me arrepiento de haberle traído un té verde, porque me dice “no sé cuánto echarle de este, se manejar más el té negro”. Me ofrece galletas de chocolate, pera y queso y me empieza a mostrar sus objetos más significativos.

“Esa pared es importante para mí” me comenta, señalando la pared de enfrente en la que están colgados una serie de marcos con una variedad de contenidos “esa ilustración de tigre me la regaló un amigo, el tigre es mi animal favorito” me dice y noto que es un tema recurrente en su decoración.  Además de este, hay uno en la mesa y tiene un pin de tigre para sus chaquetas. ¿Por qué el tigre? Le preguntó “No sé, es lindo y se ve más tierno que un león”. Me responde, para seguir contándome las historias de su pared: “…esa foto del chimpancé,  la tengo por una historia con la que me obsesioné, de un chimpancé que se fue a buscar a su dueña en Ikea, en Canadá, vestido con chaqueta y todo…” me dice, riéndose, haciendo desaparecer ligeramente su labio superior, de por sí fino.

“Algunas fotos las tomé yo, otras no, una de las que más me gustan es la del avión” me comenta, parándose y dándome la foto, para que la vea de cerca. Es de una avión  tomado desde lejos, que se ve como una sombra en el cielo. ¿Quién la tomó? Le pregunto. “Mi mamá” me responde, hace una pausa, se quita un mechón rubio de la cara y sigue “…ella se murió cuando yo tenía quince años, de cáncer de hígado”. De su mamá heredó ese aspecto europeo,  de pelo mono platino, tez blanca y ojos azules. “Ella era una azafata tipo las de esa serie PanAm, ¿te la viste?…en ese tiempo los de Avianca contrataban azafatas extranjeras, monas y ojiazules; ella estaba en Chile y trabajó mucho tiempo para Avianca con sus amigas extranjeras, su nombre era Ana.”

Otro de sus objetos significativos es un anillo que le pertenecía a su mamá, “es de lapislázuli, la piedra de Chile y me gusta porque es raro, plano y un poco tough, por los spikes que tiene” me dice, poniéndoselo en sus largos y huesudos dedos. Sospecho que Carolina se siente y se quiere representar un poco así: como una piedra especial, bella y sin embargo un poco dura. Y es que tienes que serlo para ser una mujer exitosa en el mundo editorial, como es ella, siendo tan joven y habiendo perdido a su madre desde tan pequeña.

Otro gusto que le heredó a Ana fue el de la cocina: “a mi también me gusta cocinar. Mi mamá una vez quiso dedicarse a hacer galletas; todavía tengo un libro de cocina que trajo ella de Alemania. Es interesante porque está en inglés, pero tiene unas instrucciones súper exactas con medidas de marcas alemanas, que acá ni idea”, me dice abriendo los ojos y moviendo las manos en un gesto de confusión. “Por eso cuando me fui a estudiar a Alemania regresé con todos los ingredientes comprados, pero este es el día en el que todavía no he hecho nada con ellos” afirma, moviendo la cabeza de una lado a otro.

Su gusto por la gastronomía se nota también en su colección de revistas Lucky Peach que, recuerdo, nos había recomendado en su clase: “me gusta mucho porque es una revista de crónicas extensas sobre comida y viajes… me encantaría fundar algo como eso acá”, afirma pasándome sus revistas del piso: su biblioteca personal en la que está organizada, por todo el apartamento, su envidiable colección de libros y revistas, que van desde Woolf–libro que le recuerda a una de sus profesoras más queridas de los Andes, Monserat–, a Chejov, pasando por Salinger, Sylvia Plath y Carson MCcullers, un par de comics y Pizarnik, entre otros.

“…Uno de mis libros favoritos es En Búsqueda del tiempo perdido de Marcel Proust. Era uno de los que más le gustaba a mi papá y me lo regaló… me lo leí cuando estaba en la universidad” me dice, mostrándome sus tomos, de tapa blanca, viejos ya del uso. Recuerdo que en una de sus clases nos dijo que había querido aprender francés para leer ese libro, pero nunca lo hizo.  Frente a los tomos de Proust hay además unas Matryoshkas –que compró en sus viajes y son realmente rusas– y una suerte de recipiente de plata, que en realidad es un trofeo, “era de mi abuela Klein, de baseball…cuando jugaba baseball mis amigos me decían: ¡Canaliza a la abuela Klein!, y me iba bien”, me comenta.

Otro deporte que le encanta a Carolina es el ciclismo. Tiene un libro de mesa con fotografías del Tour de France 100 y recuerda una película animada sobre un ciclista secuestrado por la mafia,  llamada Las Trillizas de Belleville. Y ¿por qué el ciclismo?, le pregunto. “Me gusta como recorren el mundo, lugares increíbles, sobre ruedas. Me impresiona el esfuerzo que tienen que hacer para llegar a la meta y cómo se ven las fotos viejas de ese deporte…” me dice, pasando las hojas del libro, mostrándome carreras que se dieron a través de los Alpes, hace muchos años. “Yo nunca lo he practicado, lo máximo que haría sería salir a la ciclovía.  Mi papá me dio de regalo la plata para comprar una bicicleta y no lo he hecho”.

No es baladí que el ciclismo sea su deporte favorito,  este permite moverse y viajar… Creo que los años que pasaba en la cabina del piloto cuando pequeña, con su mamá, dejaron en ella lo que Junot Diaz llamó un longing for elsewheres (anhelos de otros lugares). Sus objetos lo atestiguan: “Uno de mis libros favoritos cuando estaba pequeña era Mi primer Gran libro de viajes” –que está en el suelo, sobre otro que habla de Wes Anderson–.  También hablan de viajes las postales que tiene pegadas detrás de su puerta: “Hace un tiempo tuve un proyecto en el que me tomaba una foto con ellas y la subía a flickr.”  Las postales las compraba en los lugares a los que iba o sus amigos se las mandaban desde donde estaban. Una de las más importantes es una de unos extraterrestres que le trajo una amiga de Chicago.

“Últimamente cuando viajo lo hago más a Miami, por mi sobrino y a Nueva York… amo Nueva York, el Met es mi lugar favorito en el mundo” me dice mientras saca de su billetera unos objetos que se podrían llamar su amuletos: Un pin del Met, “ahora los están haciendo en papel, para ahorrar plata, ¿sabías?” dice, con una voz que adquiere un tono acongojado. Saca también una piña en forma de corazón “no sé, creo que es un amuleto para el amor” y una deidad oriental. Cuando me acerco a su mano para tomar la foto de estos objetos me dice: “Yo no tengo huellas digitales, es por una dermatitis, mi papá tampoco tiene”; detalle que no había notado antes, pero que al tocar sus dedos me deja en la memoria la sensación corrugada, particular de Carolina. De su papá, además de sus dedos, también heredó un teléfono viejo, que todavía funciona y está al lado de los Budas que colecciona.

Hoy Carolina no tiene labial y recuerdo haberla visto en clase con unos de tono fucsia y rojo y le pregunto por qué no los tiene puestos: “a veces siento que me envejecen, sobretodo el de un tono más oscuro…me hace sentir más pálida. Pero si me voy a quedar sin labios cuando esté vieja, ¿qué mejor momento para usar labial que el ahora?”, responde.

Lo que sí usa siempre son las bufandas, las tiene de todos los tonos y texturas, “de hecho, una de mis amigas, que trabajó conmigo en Norma, cuando era editora de libros infantiles, me dibujó con una bufanda y me dijo que me ponía tantas porque tenía un nudo en la garganta… ¿será?” Pregunta, no particularmente a nadie, o quizá a sí misma, mientras mira por su ventana y se acomoda la bufanda.

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