Danielle: viajar y volver

Danielle: viajar y volver

“…a mí, de viajar, me encanta irme…pero también me fascina esa sensación de volver”

Un ligero vestigio de luz azulada se refleja sobre su pared blanca, atravesando sus botellas con forma de Virgen María, “es que yo no puedo creer que todas no sean así. Es igual de complejo que hacer una botella normal”, comenta, mientras muestra la suerte de altar que tiene sobre su mesa de noche: fotos de Graciela Iturbide, máscaras mexicanas, cajas tejidas en forma de corazón. Todos rastros de la cultura popular que tanto le apasiona. Para ella los objetos más preciados son los que sugieren pensamientos, sentimientos e historias.

Tras de sí –un poco más a la derecha de su cabello castaño claro, largo y ondulado– se posan unos José Gregorios que custodian su biblioteca. Danielle la categoriza como un mapa: “ahí están los libros  de Japón, acá los de Europa”, dice, pasando sus dedos gorditos –como los de un bebé– por el lomo. Ella viaja por sus libros como lo hace por el mundo: “Yo creo que el mundo al final no es tan grande, sí es gigante, pero uno puede de alguna manera apropiarse de mucha cosa del mundo. India, por ejemplo, es mi segunda casa. Es otro planeta, todo lo que tú crees que es de cierta forma, no es así”.

Del viaje, a Danielle le gusta coger pequeños recuerdos materializados, el anillo de la India o la cartera de las tribus africanas nómadas de Marruecos:

“la encontramos en un viaje con mi mamá y nos pareció una curiosidad el trabajo con el metal y  la mezcla de cosas africanas como el morroco y las conchas de África negra y el cuero y las costuras del desierto, pero el colmo es este caballo, ¿ah?”, comenta, mostrándolo. Se queda en silencio un momento, mirando por la ventana y sigue: “a mí, de viajar, me encanta irme…pero también me fascina esa sensación de volver”.

Volver, volver a Colombia, volver a su casa, a su madre que la crío entre telas, pinturas y talleres. Volver a esa casa en la que unas zapatillas de ballet quizá le recuerdan ese instinto primigenio de separarse de la madre, bailarina en otro tiempo:

“Yo nunca pude pensarme como bailarina y menos de ballet. Estuve en clases, pero es que el Ballet requiere mucha disciplina y exige mucho más tiempo del que yo estaba dispuesta a dar. Tenía más un acercamiento como de una belleza demasiado obligada y que requería demasiado esfuerzo, llevado al punto en el que no me identificaba con eso, no quería estar ocho horas diarias ahí nunca…además no tenía lo necesario para ser una bailarina, yo subía el pie hasta acá, pero había niñas que lo subían hasta la oreja, por el cuerpo flaco y las caderas pequeñas”.

Danielle no es gorda, su cuerpo es más bien flaco, pero latinoamericano. Tiene unas caderas hermosas que acentúa con faldas de corte A, su prenda insigne, y que mueve más bien al ritmo del Bullerengue y la Cumbia, en sus clases de baile.

Baile folklórico, objetos religiosos, mochilas. Mochilas por montones, de todas las regiones: “El objeto más característico de Colombia, para mí, son las mochilas. Me parece impresionante que se demoran haciendo una montones, depende del tejido, del hilo, de mil cosas. Es un objeto que representa el paso del tiempo, la repetición, la cultura. Esta es Cogui, por ejemplo” muestra, sacándola de su colección”.

Colección de mochilas, colección de esencias, colección de perfumes. “Este de Jazmín es mi favorito, lo traemos de una perfumería que hay en París y en Nueva York, ¿qué tal la delicia?” dice, destapándolo. Los otros, son tarritos que parecen de boticario, esencias corporales y aceites que se trae de cada viaje “este huele a pura niñez, ¿no?… Y este, este huele a vacaciones en Coveñas”. Memorias olfativas, olores que se pegan a la piel, hay algunos que por más que sean ricos no van con ella: “este huele delicioso, pero me cuesta mucho tenerlo puesto, porque es floral, es muy hostigante”. Y es que Danielle no es unamujer floral, ni frutal, al menos no en el sentido clásico y frágil. Los olores más cítricos, más fuertes, la describen mejor. Porque, como dijo Chanel, sobre el Nº 5, un perfume no debe oler a flores, debe oler a mujer.

A mujer de carne y hueso, mujer que trabaja y que se frustra cuando los proyectos creativos de H2OP u Olga Piedrahíta no salen, pero  que sabe que basta con “darle la vuelta a las cosas, no es que las cosas no hayan salido, o que haya perdido el tiempo, sino que aprendí muchas cosas que después me sirvieron”. Dice mirando el cuadro de Luz Ángela Lizarazo que hay en su sala, hecho de pestañas postizas, como un poema. Un poema de ese paso de lo efímero y sus rastros, que le sirve de recuerdo de que todo lo que hace, todo lo que ha hecho pasa, pero algo queda, en la trastienda de su cabeza y nace luego como un colibrí de palma que se cubre en bronce.

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