Gaby: humor y labial contra la adversidad

Gaby: humor y labial contra la adversidad

“Ese día llevaba el vestido blanco con barcos azules y el moño azul… mi mamá me había mandado a comprar una droga en la octava, al frente del Ley, y cuando llegué a la farmacia vi a un señor que me miraba mucho. Yo tenía catorce años, él se acababa de graduar de médico y tenía una mirada que enamoraba. Me lo volví a encontrar una tarde de esas en que salíamos a dar vueltas por El lago con mis hermanas, a eso de las seis. Él estaba en una orilla, en el centro había una fuente y tocaban boleros románticos, y cuando pasé por su lado susurró por primera vez mi nombre: Adiós, Gaby”.

Dijo ella, mirando la foto de su difunto esposo, Omar Cardona, recordando el día en que se conocieron. Gaby, con su labial rojo (“mija, vaya búsqueme el colorete para retocarme, para que no me entierren”), sus arrugas, sus crespos dorados, sus cálidos ojos miel y su risa, con los dos dientes frontales ligeramente torcidos hacia adentro, es una mujer de 78 años. Abuela, madre, esposa, viuda y amante, tiene miles de historias que contar. “Ese chaleco blanco de guipur fue el que usé el día de mi matrimonio, el primer matrimonio de noche, porque eso en Pereira no se permitía… Omar se quería casar de noche y como era un hombre tan distinguido, impusimos la moda”.

“La que me hizo el vestido fue mi hermana Lucy, que le cosía a las reinas.” Su vestido era estilo New Look, con una falda de tul en rotonda y la cintura ceñida a su menudo cuerpo.

“Me acuerdo que una vez Omar se fue a un congreso en Bogotá y terminaron viéndolo con una vieja en Barranquilla. El descarado me trajo de allá una maleta llena de zapatos y yo los tiré todos por la ventana, de la ira… ahora me arrepiento, más de los zapatos que de no haberlo echado” dice riéndose, como ha aprendido a reírse de todas sus tristezas, de las llegadas con colorete ajeno, de las muertes de su marido y primer amor, hace ya 22 años, y de su segundo amor,  el pasado 31 de diciembre.

A su novio Alberto, “ese del retrato, que me lo dibujó mi nieta, ¿no es muy divino?”, lo conoció siete años después de muerto Omar, en la iglesia del barrio, a la que va todos los sábados. “Yo ya estaba viuda. Él estaba atrás mío, le di la paz y me apretó la mano. Con eso me mandó un mensaje, pero cuando yo volteé a mirar, él estaba con una señora de edad y pensé <<ese maldito viejo no respeta ni a la esposa>>, después me di cuenta que era la hermana, y al otro día me pidió que lo invitara a un café árabe”. 

Alberto se murió un 31 de diciembre, y en sus últimos momentos de lucidez decía que no se quería ir porque no quería dejar a Gaby…  “y yo que no puedo llorar, nunca he podido llorar”, dijo sentada con su túnica bordada y su collar de perlas doradas. “No lo pude llorar y tengo ya como tres muertos encima”. El tercero era Iván Arango, un joven que le escribía cartas firmadas en sangre y se las tiraba por la ventana del bus del colegio. “Cuando me iba a casar con Omar, me dijo que si lo hacía se iba suicidar, a los días me llamaron a decirme que se había matado.”

 Por eso, al pensar en la muerte dice: “sabe, mija, lo único que no le pueden quitar a uno es lo que ha vivido, y nadie ha viajado como yo”. Gaby viajó dos veces a Europa, conoció al diablo en Capri, y un mesero en Jordania le escribió en una servilleta que la amaba.

Cuando estaba en esos viajes, jamás salía sin perfumero “en ese tiempo no eran esas colonias de ahora, eran extractos, y los míos los traía de París”. Uno de sus extractos favoritos era uno de Jean Patou cuyo frasco todavía guarda. Para ella los perfumes, como para Chanel, debían oler a mujer, no a flores; los labiales debían ser oscuros, con personalidad; y los vestidos,  originales, como el de plumas que se puso por primera vez en uno de los bailes oficiales del Club Rialto. En ese tiempo había encontrado su felicidad junto a su esposo, con sus dos perras Puppy y Pepa, que se le sentaban a él encima, mientras se recostaba a leer en un sillón de su biblioteca.

Un día como hoy, ligeramente soleado, se dibujan sobre su rostro dos arugas y una sonrisa de júbilo al ver a sus nietas y sus hijos juntos alrededor de su mesa. “¡Cómo hubiese gozado Omar viéndolos a todos aquí! ¿no?” les dice y piensa <<qué bueno tenerlos a todos, porque no se sabe hasta cuándo esté yo acá para verlos>>.

 

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