Gloria Saldarriaga

Gloria Saldarriaga

Despreocupada, se desliza hacia la sala con una bata de seda azul, el pelo acabado de lavar, la cara desprovista de maquillaje y unos lentes negros de marco agatado. Su apariencia es el reflejo de una actitud frente a la vida, un poco de práctica, un poco de estética. Tras de sí, un slogan que la engloba: Live now die later.  

En sus manos lleva una taza rosada con borde dorado, llena de té con un aroma a flores. “Te dije que vinieras a las nueve y media porque quería alcanzar a desayunar, es mi comida favorita del día.” Me dice Gloria, riendo, subiendo unas cejas que fueron más pobladas en sus tiempos de juventud. Su cadencia paisa y su soltura hacen que se sienta como una mujer accesible, como una amiga.  

“Me fascina el huevo, –me cuenta, siguiendo con el hilo del desayuno– es el mejor producto que hay, lo como con yema. Yo no sé por qué hay esta nueva modalidad de comerse solo las claras. En cambio me aterra un vaso de leche” termina, moviendo su mano derecha en forma circular y arrugando la nariz.  En la mesa, además de una tetera, hay un camino de velas blancas y una orquídea: dos motivos que se repiten alrededor del apartamento.

Las velas tienen un sentido útil además de decorativo, porque Gloria es una mujer con un olfato ultrasensible: “Es un poco sismático … cuando yo llego a un restaurante, ahí mismo me doy cuenta si una mesa huele como trapo sucio” afirma, tocándose la nariz. Por eso las velas son imprescindibles en su hogar: “Me gustan mucho las de Diptyque, las elaboran en Francia. Y me fascina el olor del ámbar, es una sustancia que, aunque me lo grabés, viene del popó de las ballenas” dice, soltando una carcajada.

Gloria es más de lujos así, sutiles, casi imperceptibles, que le pueden cambiar el día. Un lujo insólito, la pasta dental: “me fascina, compro cada vez que me voy de viaje. No hay nada más rico que poderse lavar los dientes con algo que te consiente” me dice, mostrándome una de sus cremas orgánicas, sin flúor. Mujer de rituales, ella no solo los tiene con la pasta dental, sino con la cama: “me muero por unas sábanas de seda, o de hilos, algo delicioso para poder dormir después de calentar mi pijama sobre el calentador”, me comenta. Es impresionante ver cómo, teniendo un apartamento decorado con obras de arte y un boudoir que contiene los más bellos atavíos, lo que es imprescindible para ella son los objetos y  placeres más simples.

Esto es obvio en uno de los pocos que guarda de su esposo, Juan Gallo. “¿Tú sabes que yo soy viuda, cierto?” me pregunta, antes de seguir conversando y mostrarme la caja de los lentes de contacto que le pertenecían a él: “Yo uso lentes de contacto, él también tenía y la cajita o el estuchecito donde vienen los lentes de contacto es de los de él. Me parece que tiene un significado muy bonito, porque era algo que compartíamos. No es ni siquiera porcelana ni nada”, dice, tocando con el pulgar la superficie del estuche. Desde que murió, han pasado cinco años: “Es un tema complicado ¿sabes? Te cambia, te cambia… todo. O sea pasas de dormir con él a llegar a tener que dormir solo”, me dice.

Hoy, en el apartamento que compartió con él desde que se mudó a Bogotá, me cuenta cómo de él aprendió un estilo de vida juangallesco, en el que hay que vivir el mundo afirmativamente sin preocuparse tanto por bobadas. Su forma de viajar es un ejemplo de eso: hace poco se fue de pesquería sin haber cogido nunca una caña: “Aunque uno esté incómodo o lo que sea uno tiene que pensar ‘pero es que esto no lo voy a vivir siempre. Disfrutar lo más que uno pueda. Me gustan ese tipo de experiencias”.

Las experiencias, más que los objetos, son las que ella salvaguarda –su transformación en actriz del teatro tradicional, cuando fue a China, por ejemplo–. Su actitud frente a los objetos más que emocional es entonces estética. Su casa es un pequeño museo de esa sensibilidad que desarrolló desde pequeña y entrenó en el diseño gráfico y la escena artística.

“Yo no soy de guardar objetos por recuerdo, soy chechuruda”, me cuenta la segunda vez que nos vemos. Vestida esta vez con su ropa de entrenamiento, con unos tacones de salsa profesional, levanta un jueguito de madera que vio en la calle y me lo muestra. “Me pareció bonito, por eso lo compré”. Y ahí radica su magia, su contradicción. Gloria se hace entre esos placeres puramente estéticos y los prácticos. Entre el vestuario del teatro chino y la bata de seda azul.

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