Notas de amor Anarco

Notas de amor Anarco

Estoy cansada del amor de manual. Si no es el amor romántico de Disney que te vende un hombre para toda la vida o el fracaso como mujer, es el poliamor y sus protocolos.

Estoy harta de la narrativa que te presenta el amor libre o el poliamor como si fuera el tampón que 8 de 10 recomiendan: “Magdalena no entendía por qué se sentía encadenada. Pero desde que elige este tipo de relaciones, ya no siente angustia ni ganas de perseguir a otro y siente más claridad de qué persigue en la vida”.

Yo he intentado ser Magdalena y he fallado. No creo en sentimientos que no mutan, tampoco creo en la coherencia. Creo en el amor intenso que dura lo que tenga que durar, en el cariño honesto. Y solo lo he encontrado en el amor libre.

El papi de la teoría del amor libre, Charles Fourier, escribió en su libro El Nuevo Mundo Amoroso (que fue escrito hace 300 años pero que vio la luz apenas en los sesenta) que el deseo debe “desarraigar los prejuicios y transportarnos a un mundo nuevo en el que costumbres inauditas produzcan placeres desconocidos para todas las edades de uno y otro sexo. Es sobre todo en el amor en donde debemos evitar el tono dogmático”.

Fourier era un anarquista y un solitario. Construyó una utopía sobre el amor y estaba muy entusiasmado. Charles, ¿dónde está el banquete que nos prometieron cuando abandonamos la idea del amor romántico? Armar el amor antisistema me ha costado estabilidad emocional, tiempo, amigas, lágrimas. Me cansé del amor de manual y por eso esta diatriba:  

El año pasado me enamoré perdida de una de mis mejores amigas. La amistad entre mujeres jóvenes, siento yo, incluye un puchito de pulsión lésbica, admiración mutua, cariño y odios compartidos. Con ella se me fue la mano en aquello de la pulsión y me encontré a mí misma respirando duro cuando la pensaba, acariciándole la calva con excusas, odiando su gusto exclusivo por los hombres. (Freud, habláme de envidia del pene).

Me enamoré y unos meses después nos comimos, duro. (Freud, tenéme envidia). A la mañana siguiente no hablamos del asunto. Vino todos los días a mi casa y mantuvimos un silencio casi criminal, como si haber estado juntas hubiese estado mal, o fuese digno de olvidar, o tan terriblemente incómodo que te estremece acordarte (no creo que haya sido así. He tenido sexo incómodo, y este no fue el caso, créeeeeanme). Después de tres meses de miradas esquivas, lo conversamos. Entre lágrimas me dijo: “Quiero cuidar nuestra amistad”.

Mi ego sigue aporreado, pero todo bien. Aprendí a amarla sin tener que mojar calzón. Así que, primera lección: el desamor también hace parte del amor libre. Ceder tu cariño egoísta y aprender a amar a alguien como quiere ser amado también se vale. Desamándola también aprendí a quererla.

Dicen que el deseo se educa, así que luego de ese episodio me programé para ser más curiosa y desatada, como yo sentía que había sido siempre. Las triejas son lo de hoy. Las parejas son limitantes. El orden amoroso se subvierte sumando factores a la ecuación. Veía a las triejas fallar, siempre, pero qué hijueputas, entreguémonos a la revolución de los afectos.

En esas amé mucho a un amigo, y gusté mucho de una chica, casi tanto como él. Después de unas copas nos quedamos en la casa de uno de los dos y lo último que recuerdo es el fondo de un vaso con un líquido verdoso (ginebra o vino, nunca supe a ciencia cierta) y de preguntarle a ella si había tenido alguna experiencia lésbica, luego un beso –lésbico, obvia– y luego a ellos desvistiéndose en la sala mientras perreaban sucio y yo los miraba desde el sofá.

Me gusta el papel de voyeur. Me parece privilegiado, así que los miré un rato. Quería amarlos mucho a ambos, casi tanto como me los quería comer, pero lo que yo pensaba era el inicio de una trieja era en realidad una despedida. Hablándoles unos días después, me contaron que nunca supieron cómo deshacerse de mí, por lo menos no cómo decírmelo, así que no me estaban dejando mirar. Más bien esperando a que me fuera, cosa que hice después de entender todo esto. A estas alturas de mi vida me da más vergüenza haberles amado con tanta fuerza en ese momento que haber pensado que hacía parte de su universo erótico y afectivo.

“Hay que permitir que las caricias y los besos ardan sin prohibición alguna, que se irrigue la sensualidad embriagada y se amplíe la memoria de los sentidos”, dice Víctor Jaramillo en su ensayo Erótica como Ética.

Tal vez hubiera encontrado palabras así de preciosas sin tanto licor en la cabeza. Solo atiné a llorar un poco, pedir perdón y volver a irme, esta vez pensando que el amor libre es una isla. Te podés quedar sola mendigando las migajas del sexo y el amor de otros. Alguien te usará para experimentar las lúbricas ventajas de una persona liberada, y volverá al amor monógamo, pero no contigo.

Los manuales de poliamor en Internet dicen que es necesaria la responsabilidad afectiva para que eso no suceda, pero no es posible cuidar de todos los que te rodean (¿O sí?). Siempre habremos los que dormimos solos, y no somos víctimas de nadie. Solo eso, gente sola que ama.  

Ese asunto ya lo lloré, ahora trato de llorar otro. Me enamoré de una persona que alguien que amo también amó en el pasado. Fue intenso, una explosión violenta y centelleante, que como todo fuego se agota, y que por lo mismo fue del éxtasis al hastío con rapidez.

Nos soñamos un amor hermoso y antisistema, en donde los tres pudiésemos estar cómodos con la idea de un amor pasajero entre amigos, una juntanza adulta de las carnes. Mi feminismo radical me dice que subvertir el orden es sucumbir al deseo para ser “un ser deseante y no solo deseado”, como dice Virginie Despentes en su Teoría King Kong.

El deseo es terrorista. Sin ser una acción, puede hacer kaput a todo lo que amas y a la vez darle forma. Mi feminismo radical me impulsa a usar el placer como una herramienta para mi propia liberación, como un camino hacia el amor. Es egoísta, pero no hay otra manera de transitar por mi misma sino es a través del deseo. Mala, mala feminista.

Alguien me propuso una explicación sobre esta historia citando un episodio de 2014 con orangutanes Bonobo (que son los que genéticamente más se parecen a los humanos, y que además viven en matriarcados). Dos orangutanes –Kondor, una hembra, y Ekko, un macho– mataron a golpes a otra hembra, Sidony, en el primer asesinato entre orangutanes registrado por la ciencia. El asunto fue cosa de hembras, female trouble. “No podemos olvidar que somos biología, seres territoriales”, me decía. De amor y de violencia estamos hechas por igual, no hay política radical ni feminismo militante que cambie eso.

El amor libre también es sucumbir ante tus propios impulsos. No hay cama suficiente donde quepa todo el deseo que me inunda, y puedo controlarlo pero elijo no hacerlo, y por eso lastimé a alguien. Ni el amor libre ni el feminismo nos salvarán del daño.

Al fin y al cabo, el deseo también es amor. Hechizo y explosivo, con normas sociales inquebrantables, pasados, deseos y egos inmensos. Qué vaina. A esta utopía solo se le ven las grietas cuando algo se rompe. Créanme, después del poliamor, está el poliodio.

El amor libre nos coloniza el cerebro con sus cocteles químicos irresistibles tanto como ese amor romántico y cremoso que nos hace vomitar. No nos engañemos.

Pero todo bien, porque nos queremos no nos atamos, nos contenemos hasta en el odio. Todo el amor que deseamos repartir está lleno de manchas asquerosas. Todo amor contamina (sea sexo, sea amor romántico, sea una amistad rota) porque nos quedamos con un pedazo de alguien y luego no sabemos cómo deshacernos de eso, o de ellos.  

Ese hermoso amor antisistema que tanto imaginamos no se pudo. Fallamos, una lástima. Sin embargo, volvería a hacer el amor libre una y otra vez. Si no es libre no me sirve, no hay otra apuesta.

 

 

Ilustración: @natsandme

 

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *