Ita María: de la moda, los boliquesos y Faulkner

Ita María: de la moda, los boliquesos y Faulkner

Ita. Angelita. Ángela. Ita María. Y pensar que habría podido llamarse Nataly: “mis tíos me sacaron corriendo a la registraduría a cambiarme el nombre, ese les traía malos recuerdos” dijo ella, entre uno y otro boliqueso. “Soy adicta a los boliquesos”, comentó de repente, riendo, mirando sus dedos, untados de naranja amarillento.

A su lado hay un libro, The sound and the Fury de Faulkner. “Es de esas cosas que de trasteo en trasteo permanecen”, me comenta. El libro es una edición de bolsillo con unas cuantas arrugas en las puntas y el lomo, que atestiguan sus años y uso reiterado. “De él hice mi tesis de grado del colegio, me partió en dos –dice, tomando una pausa y frunciendo un poco los labios hacia un lado– “Hasta entonces había leído cosas con tramas ‘inicio, nudo, desenlace’, pero este libro es mucho más que eso: empieza a darle sentido a muchas cosas, a la familia, a la posguerra, a la vida…”

Y si Ita pudiera pasar el resto de esa vida –que desentraña Faulkner– en alguna parte, sería en el sol, en el mar. Hay rastros de ello en su acento caleño, en la colección de mochilas wayuu de su sala, en sus abanicos floreados… Su segundo lugar en el mundo sería su casa, con su pared pintada con el amor de Lucio –con la canción que le escribió hace unos años para su cumpleaños–, con sus gatos y sus documentales de la segunda guerra mundial.

viaje

Polos a tierra que no le impiden tener un amor profundo por viajar a Londres, a México, a Brasil. De cada lugar se trae un pequeño recuerdo, un rastro para sí de que estuvo allí: una virgen guadalupana, un abanico flamenco, un sombrero; apilados en su estantería, junto al radio que le pertenecía a su abuela, son como una telaraña que intenta contar su historia:  caleña, criada por su abuela y sus tíos, mujer cosmopolita, independiente y enamorada, Ita.

En su sala, dentro de una jaula decorativa, hay revistas de moda, souvenires también de sus viajes, índices de la pasión desarrolló por lo que muchos llamarían una serie de coincidencias. “Yo quería estudiar medicina, porque en Cali era todo un reto entrar a la del valle y los cupos eran pocos, por puntajes del ICFES”, me dijo “ luego me di cuenta de no podía con eso y me metí a economía, habría podido terminar en Bancolombia, ¿sabes?” Con sus labios magenta y su pelo a lo californiano, no puedo imaginármela en un banco.

“Terminé haciendo mercadeo en Invista, una empresa de textiles” comenta. “Así me metí en este cuento, yo no sabía quién era Diana Vreeland, qué era un tejido plano…Gloria García, la directora de marketing, me enseñó todo lo que sé” dice, caminando hacia la ventana y señalando unas muñecas que están colgadas de la cortina, que diseñó Gloria. “Cuando entré a la empresa, nos odiábamos, vivíamos agarradas, yo empecé en compras, que vive agarrado con marketing como perros y gatos en todas las empresas. En esas, Gloria decidió que yo era la persona que la iba a reemplazar cuando ella se jubilara, nadie entendía por qué y ella me dijo: ‘porque es que a mí nadie más me pelea’”.

Y es que la resistencia, la rebeldía, y quizá la impulsividad hacen parte de su carácter. Cansada de las restricciones, cansada de los posibles futuros caleños –“te consigues el trabajo en una multinacional, te pensionas ahí, te casas, tienes hijos y te haces miembro del club…”–,  cansada de los amores viejos, Ita  renunció a su trabajo, se dedicó a  De la moda y otros demonios full time y se mudó tras Lució, a Bogotá. Como su tatuaje “imagine”, ella imaginó su propio destino y lo construyó, sin mirar atrás.

catlover

Sin embargo, para crearlo no solo hizo  saltos inmensos con los ojos vendados, sino también llevando agendas y libretas consigo a todas partes, en las que no hay un solo error de ortografía. La escritura de Ita es impecable, porque así se lo ha propuesto, porque si tiene alguna neurosis es esa:

“me duele la ceja, al punto de que veo algo muy bueno y no lo comparto porque tiene errores. Me parece que la gente no enseñó bien o no aprendió bien a leer, escribir y hablar… por eso yo era muy picky con mis novios, por eso, me dicen Larousse”. Me confiesa riendo, sentada en el suelo de madera de su sala, mirando cómo atardece por la ventana. “¿Sabes qué si nunca aprendí a hacer? A coser y a tocar piano”. Dice, un poco para mí, pero más para sí. Pienso en decirle que a todos nos pasa, que hay cosas que se quedan afuera a de este mundo, para siempre en nuestra imaginación.

 

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *