Kawakubo y A New Cross comparten algo con el Dr. Frankenstein

Kawakubo y A New Cross comparten algo con el Dr. Frankenstein

El monstruo de Frankenstein nos repele porque nos obliga a reconocer lo monstruoso que nos habita. Su tamaño desbordante, sus órganos a la vista bajo una piel transparente y su ambigüedad sexo-género son repugnantes porque desafían la noción establecida del ser orgánico, compacto y terminado.

Al Dr. Frankenstein su criatura le da asco por la falta de límites que su cuerpo representa: “¡Dios mío! Su piel amarillenta escasamente cubría los músculos y las arterias que habían debajo”, exclamó.

frankenstein

Lo desagradable de esto es que no hay una delimitación clara entre el adentro y el afuera. Su transparencia encarna el miedo a lo excesivo, a lo que demuestra que la diferencia entre “yo” y “otro” es frágil y arbitraria. Es el miedo a lo abyecto como aquello “que perturba las identidades, los sistemas, los órdenes. Aquello que no respeta los límites, las posiciones, las reglas… El entre, lo ambiguo, lo mezclado”, según diría Julia Kristeva.

La creación de Shelley nos recuerda entonces que nosotros también somos una prenda sin dobladillo, deshilachados, a veces rotos y rematados. Nos muestra que también estamos en riesgo de descomponernos, como el vestido de carne de Lady Gaga. Y es que las prendas se asemejan a la piel del monstruo, en la medida en que son un intersticio que así como delimita el cuerpo también puede difuminar los límites binarios.

Esto porque la indumentaria es, según Elizabeth Wilson,  “la frontera entre el ser y el no-ser”  que resguarda nuestro cuerpo y nos da la ilusión de que somos seres totales y diferenciados. Pero ¿qué pasa cuando ciertas piezas tienen la intención de romper esta barrera? Se vuelven prendas Frankensteinianas, que cuestionan en su monstruosidad nuestra humanidad y unicidad.

Una colección emblemática en ese sentido es Dress meets body, Body meets dress, de la diseñadora japonesa Rei Kawakubo. En ella, vestidos en tela gingham deforman el cuerpo de las modelos con bultos que salen de sus caderas, hombros, espaldas, piernas o pecho. Sus prendas cuestionan así los ideales corporales de occidente que pretenden marcar el género. Kawakubo prefiere difuminarlo.

También prefiere arrasar con el concepto de una prenda total y terminada. En su colección Destroy, por ejemplo, destruyó de manera consciente distintas prendas como sacos y faldas; al hacer que las tejieran con orificios en la mitad de la tela, en siluetas oversize.

rei kawakubo destroy

Estas prendas fragmentadas o abultadas ponen en cuestión ¿qué es el cuerpo?, ¿qué es lo humano?, ¿qué es lo bello? Todas preguntas que surgen al leer el libro de Shelley. Esto porque nos muestra un ser descomunal en tamaño, deforme y transparente que, sin embargo, tiene una capacidad de lenguaje tal que puede recitar el Paraíso Perdido de Milton, de memoria.

El lenguaje, como signo por excelencia del orden simbólico, acerca a la criatura a lo que la modernidad definió como lo humano: lo racional, lógico y civilizado. En contraste, lo que lo hace monstruoso es su corporalidad, que surge a partir de fragmentos de “huesos recolectados de osarios” y “pequeñas partes” de objetos inanimados. Su fragmentariedad evidencia que siempre está en riesgo de desbaratarse; y nuestro desagrado frente a él demuestra el miedo que tenemos a quebrantarnos nosotros mismos.

En el terreno del vestido, las colchas de retazos hechas por nuestras abuelas, los huecos zurcidos de las medias, y las prendas híbridas de diseñadores como Chitose Abe materializan ese proceso de construir identidades a partir de pedazos: abrigos mitad acolchados mitad gaban o mitad chaleco de pelo y mitad blazer, provocan extrañeza precisamente porque nuestro ojo busca simetría e integralidad.

sacai

sacai 2018

Diseñadores colombianos como Laura Laurens o Nicolás Rivero apuntan también en algunas de sus colecciones a ese lugar de lo oscuro, desproporcionado y andrógino. Laurens en su colección Monster Hair plasmó sus reflexiones sobre los monstruos, usando la técnica de anudado a mano de retazos de lana virgen en abrigos azules, grises y magenta que, con volúmenes inesperados, dan como resultado un cuerpo femenino monstruoso.

Nicolás Rivero ha hecho prendas que desafían el género para su marca A New Cross y en la colección otoño-invierno 2017 hizo camisas blancas corrugadas y asimétricas, reinterpretaciones de ruanas y ponchos con un efecto de glitch y sacos deshilachados en los brazos.

Las proporciones más largas a un lado, los hilos sueltos y los tejidos torcidos son formas de salirse de la norma que para nuestra sociedad acostumbrada a un tipo de belleza “perfecta” podría parecer feo o desagradable. Pero solo es monstruoso precisamente en la medida en que cuestiona lo que históricamente se ha concebido como hermoso-completo.

laura laurens

revista objectifs

Estas prendas comparten, entonces, el carácter monstruoso del engendro de Shelley porque apuntan a que el “yo” estable y separado es un constructo nacido, como todas las categorías modernas, de un afán de “imponer el diseño transparente y manejable en el caos incontrolable. Un orden bajo el reinado de la Razón… que vuelve irrelevantes todas características que se resistan a caber en este”(Bauman).

Por eso todo lo fragmentario, enorme e incómodo en la criatura del libro y las prendas de Kawakubo, Abe, Laurens y Rivero resulta monstruoso. Porque lo monstruoso más que una categoría esencial, es lo que se resiste a ser categorizado.

 

Las fotos de este artículo no nos pertenecen. Se usan para ilustrar.

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