Leonor: entre las novelas de caballería y Pierrot

Leonor: entre las novelas de caballería y Pierrot

“Yo leía mucho novelas de caballeros de reluciente armadura, me fascinaban… el romance y el poema y la dama allá en la torre”

“Mira, es que yo tengo muchos vejestorios”, dice ella. Su apartamento, tapizado en libros, vajillas y decoraciones de todo el mundo lo atestigua. Mujer amante de lo vintage, hija única, Leonor es la heredera de cuanto vestigio arquitectónico y objetual dejaron sus padres.  Descendiente de inmigrantes italianos, la travesía de su familia es más extraña que la ficción: “Mi papá nació acá, pero mis abuelos sí se vinieron de Italia por la guerra. La historia es muy graciosa porque resulta que ellos iban a Argentina, porque Argentina es lleno de italianos, pero llegaron al río magdalena arriba y creyeron que era ahí era y se bajaron”, dice ella sonriendo en una forma que  se asemeja a su foto de juventud, donde tiene un parecido a Anna Karina, la musa de Godard.  

Hoy, con su pelo platino de las canas, se parece más a la señora M de James Bond. Vestida con un saco negro, sencillo, unos pantalones grises y un pañuelo de colores, se nota que su definición de la elegancia no implica nada vistoso, sino más bien un lujo contenido a lo Chanel, en el que los accesorios brillan por el contraste del vestir pulcro y sencillo.   

A su lado, hay un set de comedor de plata antiguo sobre un bifé: “¿cómo serían de grandes los comedores en esa época que Catalina se quedó con la mitad?” dice, señalando al apartamento del frente donde vive su hija Catalina, “eran de doce puestos” termina.

En su sala, al frente, hay unos libros para niños; entre ellos uno del Oso Yogui: “Como puedes ver yo soy guardadorsísima, este era de Catalina, mira dice Catalina C y ahora lo lee Elisa mi nieta” muestra, abriéndolo con sus manos blanquísimas adornadas por anillos dorados.

Elisa, una niña pequeña, mona, vestida con un pantalón azul oscuro,  una blusa blanca y su pelo semirecogido saluda de manera educada: “Hola, mi nombre es Elisa, bienvenida a nuestra casa”, dice. Habla francés y le gusta la ópera, se nota la mano de Leonor en su educación.

Su bisabuelo, el abuelo de Leonor,  era médico y, entre otras cosas, le  dejó a su abuela sus tubos de ensayo y una carta que le mandó que le mandó al papá de ella:

Mi querido hijito:

Ayer no nos diste el gusto de pasar por la casa ni tuviste la atención de una razoncita, sospecho que estabas enfermo físicamente, pues moralmente no me queda duda por lo que he venido observando desde hace varios días. Hay necesidad de que vayas para la casa y te sometas a un tratamiento médico, y en cuanto a lo moral, si deseas sinceramente no descarriarte, como sucede a tantos que carecen de padre que los aconseje, te exijo que te desvincules completamente de todo aquello que haya podido contribuir a tu pequeña desviación de tus anteriores costumbres….no tomes a mal esta confidencialísma, que te la dirijo por no apenarte si te dijera esto mismo verbalmente.

Tuyo, Max.

“¿Cómo te parecen los regaños de antes? tan elegantes?” comenta ella, mientras pasa las páginas.

Su papá, el regañado,  fue  diplomático en Brasil de donde trajo los adornos de samuará, madera brasileña,  como la mesa y el cenicero que están en la sala y el estudio. Después, él se dedicó a la ingeniería naval y le dejó a Leonor “bitácoras de sus viajes navales, esta es del Vapor de Nariño, ¿puedes creerlo?” pregunta, emocionada.

Luego saca una caja pequeña, decorada minuciosamente: “Yo digo que estas son las joyas de la familia, los tesoros de la corona–dice riéndose– pero mirá este es el carné de baile de mi mamá… tú sabes que se ponían eso con un lapicito y ellos piden y ella anotaba la 3 pa juan, la 5 pa pedro. Este reloj era de mi abuelo pero no lo he podido abrir nunca. Estos son botoncitos de la camisa del frac de mi papá, esto es una belleza , y esas son las mancornas” muestra, haciendo silencio un momento para decir “ya no hay hombres así ¿no? ya no se visten tan bien ni tienen buenos modales”.

Del suyo, su ex marido, se separó hace rato. Él se llamaba Andrés y lo conoció por una amiga con la que él trabajaba. El día que se vieron por primera vez, venía con amigo y “nosotras alzamos la persiana y mi amiga decía ‘que el amigo sea el atrás y yo decía ‘que Andrés sea el de atrás’, o sea, nadie quería el de adelante. Abro la puerta y Andrés era el de adelante, el de atrás era un churro, pero era español. Yo era una bailarina y en esa época  un iba a grilles con orquestica en vivo y todo y el español no daba un paso y yo ya estaba encantada con Andrés porque era un súper bailarín. Mi amiga me decía ‘se lo cambio y yo ‘no, ya no”.

A los dos meses se casaron, ella tenía 18 años y “tenía mentalidad de niña, le decía ¿trabajar yo? yo soy una niña decente”. Hasta que un día, del aburrimiento, se fue a trabajar a la biblioteca de la EAFIT y se encontró con el libro que cambiaría su rumbo: “Los bienes terrenales del hombre de Eric Hobsbawm, que era el modo de producción de los caballeros…Yo leía mucho novelas de caballeros de reluciente armadura, me fascinaban. Y cuando me encontré este libro fue como ‘con que así era como vivían…uno no leía sino el romance y el poema y la dama allá en la torre y esto era de verdad el modo de producción’. Entonces yo le pregunté a un estudiante en dónde se estudiaba eso y él dijo ‘lo vemos en sociología’ y pensé ‘voy a validar el bachillerato para estudiar sociología y me encantó” dice, riendo “antropología lo estudié porque me quería ir a Londres, a hacer cualquier cosa porque me apasionaba la ciudad, me fui con Catalina, porque ya estaba separada, no fue fácil”.

De Londres trajo los trench Burberry, su gusto por el té y la técnica exacta para servirlo. Su colección de teteras y juegos de té atestiguan su pasión: tiene una Limonge, una de estilo art deco, otra que fue herencia de su mamá y así hasta llenar un escaparate entero.   

Pero en su cuarto llama aún más la atención un pequeño muñeco de Pierrot: “si yo me disfrazara –dice– lo haría de él”. De ese personaje, impresionante y triste de la comedia italiana, que tanto le gusta. Queda en el aire si le atrae solo como personaje o guarda de él un poco de ese corazón roto de su separación.  

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *