El perfumero y la memoria en el cuello de Leonor

El perfumero y la memoria en el cuello de Leonor

Perfectamente curada y pulcra, Leonor suele entrar al salón con suéteres de paño, faldas rectas, medias mallas oscuras y zapatos planos. Su guardarropa plagado de trench coats es una armadura moderna, apta para una mujer que estudió antropología por amor a las novelas de caballería.

Antes, muestra, usaba vestidos de cuero café de Versace o vestidos ligeros de flores a la moda setentera. Ahora es Catalina, su hija,  quien los tiene en su armario en un apartamento frente al suyo.  

De su guardarropa actual, siguen llamando la atención  los collares. Largos y con  dijes curiosos son una evidencia de sus viajes o de personas que le han traídos regalos porque conocen su gusto. El más preciado “es un  collar perfumero que fue regalo de bodas de mi abuelo a mi abuela. ¿Te imaginas? Que belleza que le regalaran a uno eso” dice, corriendo un mechón de su pelo blanco de su frente.

Suele ponérselo con sacos negros y vestidos rectos y a veces hasta la inspira a sentirse y verse un poco más coqueta y sensual:

“Un día estaba con una amiga y le dije que me quería poner una blusa escotada en V para ponerme el collar y le pregunté si se vería muy terrible con las arrugas del cuello y me respondió que si acaso las de la cara no se me veían” comenta riéndose.

Objeto de memorias y anécdotas y herencia filial, el collar será eventualmente de su hija y de su nieta Liz, que ya escucha ópera y toma té, como su abuela. Vínculo familiar, el collar cargará su memoria en su metal frío pero redondo, en ese olor del perfumero, y el cuello en el que se posa.

 

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