Liliana Ramírez: entre las pinturas de Emilia y los libros Poniatowska

Liliana Ramírez: entre las pinturas de Emilia y los libros Poniatowska

La imagen más poderosa de Liliana es tal vez la de estar en una clase discutiendo el ensayo de Freud, Duelo y Melancolía y el hecho de que, sin pensarlo dos veces,  se hubiese puesto en el paredón ella misma, explicándose a través de su experiencia, cambiando la voz como solo los momentos difíciles, vistos en retrospectiva, lo pueden hacer: “yo tuve una hija, se llamaba Daniela y se murió a los tres meses”.  Entre todo ese doloroso trajín, lo que buscaba explicar era cómo se puede modificar un recuerdo hasta volverlo un pilar de vida. Resignificar la muerte de Daniela para que ya no duela, para que desde algún punto –cuando ella así lo prefirió− su recuerdo le permita decir que tuvo el privilegio de ser madre y, sobre todo, de haber sido la madre de Daniela. Ya en su casa, me muestra algunos objetos de una tradición −que ni siquiera ella sabe de dónde viene− que conmemora la existencia de su hija. Por cada hijo que nace le regalan a la familia una pequeña jarra de plata. Tiene tres: la de Pablo, la de Emilia y la de Daniela.

Que si se puede vivir de la Academia y de la literatura, le pregunto. Que sí, que ella nunca ha necesitado mucho, pero que igual lo que tiene está bien. Que no hace ningún trabajo aparte, solo vive de ser profesora de planta y su esposo también. Que ha podido viajar mucho y esa para ella es la mayor ganancia. De ahí esa simpleza que sella su personalidad: siempre la he visto en jeans, con la mochila cruzada al pecho, sosteniendo un vaso de café.

Entre todas las cosas, me muestra muchos regalos que alumnos que ya se han graduado, le traen de viajes. Y no es ninguna sorpresa: si algún día me voy de viaje también la recordaría, también querría traerle alguna cosita. No solo por ser del tipo de profesor que toma en serio cualquier opinión, sino por ser el tipo de persona que está abierta a dejarse convencer, hasta de lo contrario.

Habla de ser madre como un privilegio natural. No como un deber, sino más bien como un deseo que se le nota cada que habla de sus hijos, con la excusa de los objetos que quisiera poner en este perfil. La pintura que está colgada en la sala, hecha por Emilia cuando tenía trece años; el gnomo que le trajo su hijo de algún viaje; el collar con una medalla circular que ambos le regalaron cuando estuvo hospitalizada hace un año. “Se fueron al Andino… a ¿Cómo se llama? Una joyería… Sterling, creo… antes de enfermarme lo vi con Pablo y me gustó, pero era carísimo”. “Cuando estaban más chiquitos, en un viaje me compraron este llavero” dice mostrándome un muñeco de tela con la cabeza alargada. “Se le cayó un ojo y ellos estaban preocupadísimos buscando dónde comprar el ojo. Les dije que estaba bien así, las cosas se dañan y no por eso dejan de ser bonitas.”

En la universidad en donde estudió Filosofía y Letras, –pero más letras que filosofía− conoció a su mentora: Montserrat. O “Montse”, como le dice ella. El primer trabajo que hicieron juntas fue antes de graduarse y se trataba de hacer una edición crítica de La Vorágine. Cuando Montserrat murió, le dejó algunos de sus libros con su firma en la primera página, unos de Virginia Woolf, otros de Elena Poniatowska y algunos de Clarice Lispector. Hablar de libros con ella es complicado, o al menos me imagino eso y no me quiero aventurar mucho con el tema. Tiene bibliotecas por toda la casa: en el estudio, en la sala, en el cuarto, en el cuarto de los hijos. En todas partes. Entre tanta hermenéutica y narrativa colombiana, sospechó de mi silencioso deseo de preguntarle acerca de qué era lo que leía porque sí. “Paul Auster, ahora ando leyendo a Paul Auster”, y se va a traer el libro para ponerlo en la fotografía.

Le mando un correo con algo que se me ocurre en el momento de escribir este perfil. A la hora de hablar de objetos significativos casi todas las personas nos muestran un libro… “Lili, ¿Qué tendrán los libros para que las personas busquen ser descifradas a través de ellos?” A los días me respondió: “Mi niña, nunca te contesté porque te lo he dicho en cada clase… los libros tienen la vida… privada y publica, de hoy y de antes, posible y real.”

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