Mi compañera paga las cuentas, y está bien

Mi compañera paga las cuentas, y está bien

Ser parte del proletariado contemporáneo significa estar constantemente a la expectativa.

Mientras los trabajos estables, bien remunerados y con contratos a término indefinido pastan en los mismos campos que frecuentan unicornios y elfos, la mayoría de nosotros vivimos en un estado de espera. “Alguien llamará, sólo ten paciencia”. Y sí, esperamos mientras buscamos ansiosamente; buscamos mientras nos recuerdan los que más amamos que somos valiosos y que eso no lo demuestra tener o no trabajo.

Esa afirmación me la dijo mi pareja hace ya tres años, cuando estábamos en Francia intentado estudiar y trabajar al mismo tiempo. En Colombia había trabajado en periodismo radial y nunca había tenido que buscar otro tipo de trabajo para subsistir. Eso se acabó seis meses después de haber cruzado el Atlántico. Necesitaba ganar dinero en lo que fuera.

En ese entonces, y tal como ha sido la constante en nuestra relación, mi pareja tenía trabajo y yo no. Muchas veces, en esa etapa de nuestra relación, ella tuvo que asumir mis gastos si queríamos ir de viaje o ver una película los fines de semana. Desde ese momento, la repartición tradicional de los roles ya estaba desnucada: en ningún momento me sentí “menos hombre” porque yo no trabajara y ella sí. Podía haber sido exactamente al revés.

Lo mismo pasó cuando nos vinimos juntos a Colombia. Nunca ha ocurrido que yo trabaje y ella no, pero sí se ha vuelto a presentar el caso francés donde ando meses sin trabajar y ella sigue facturando, ahorrando para el futuro compartido, madrugando y cumpliendo.

Cuando leí el texto de García Robayo, “Mi debilidad”, pensé en qué pasaría si la constante se rompiera en algún momento. Si yo trabajara y mi pareja no por un sinnúmero de razones. Me asustaba la posibilidad de que pasara, pues temía que dicha situación exacerbara algún tipo de micromachismo al interior de nuestra relación. Al hablar con ella del tema, me tranquilicé: si eso pasaba, sería porque lo decidimos conjuntamente o por algún giro del azar. En resumidas cuentas, si en algún momento yo me cansara de trabajar y ella quisiera seguir trabajando, lo hablaríamos para que así fuera. Y viceversa.

Los dos asumimos la carga de ser proletarios y ganarnos el sustento. Si alguno le puede aligerar las cargas al otro mientras está en la búsqueda laboral o quiere un tiempo para descansar o para inventar y soñar por fuera del capital, así será.

También hay algo ligado al tiempo que me ha regalado mi desempleo. Ya que mi pareja ha trabajado durante los últimos meses en un tradicional horario de oficina, sale de casa temprano y vuelve tarde. Eso significa que si hay que hacer un mercado sin estar a las carreras es mi responsabilidad y no la de ella. De nuevo, acá aplica la teoría del viceversadel anterior punto.

Como tengo más tiempo para las tareas del hogar, pues las hago. Punto. Esa debería ser la lógica reinante. Obviamente, esto no quiere decir que todo recaiga sobre mí. Entre los dos muchas veces cocinamos (ella más que yo, al menos hasta que yo les coja el tiro a ciertas recetas más sabrosas), tendemos la cama, le cortamos las garras al gato; ella se encarga de los tés digestivos, la organización y logística de los viajes, la organización de la anárquica ropa. No tiene por qué ser así: en unos años nos podríamos turnar en todo esto que acabo de enumerar si sentimos que hay un equilibrio. Hoy lo tenemos.

Claro, estos ejemplos pueden parecer banales, pero creo que hacen parte de un todo. En “Mi debilidad”, García Robayo comenta un caso más complejo: con su pareja decidieron tener dos hijos y ella misma propuso que podría dejar su trabajo de oficina (que igual no le apasionaba tanto) y podía quedarse en casa para estar con los niños y escribir. En ese momento tomó la decisión como lo más natural del mundo, pero luego le asaltaron las dudas: ¿estaba siendo una feminista de “verdad” al quedarse en casa con los niños así ella hubiera tomado autónomamente esa decisión? ¿estaba reproduciendo las estructuras machistas que la rodearon durante su infancia y adolescencia?

Concluye que no, pues la decisión de quedarse en casa puede que, en la superficie, sea idéntica a la de su mamá en aquellos años, pero en lo profundo es distinta: es una decisión hablada con su pareja, tomada consensuadamente gracias a haber construido una relación basada en la igualdad y no en el sometimiento.

Creo que algo así pasará cuando mi pareja y yo tomemos una decisión de un calibre similar al de tener hijos, o comprar una casa, o cambiar de profesión y empezar un proyecto desde ceros. Imagino que la decisión de qué tareas deberá hacer cada uno llegará espontáneamente, porque ya habremos hecho el ejercicio con las pequeñas cosas: comprar la leche, lavar los platos, hacer la comida, planear una excursión. Y en caso de que no estemos de acuerdo y tengamos que hablarlo, la confianza que hemos construido entre los dos nos ayudará a hacerlo.

Claro que tenemos dudas, pero en vez de tragarlas en silencio, las compartimos y pensamos entre los dos. Son cosas que se ganan cuando se le retuerce el pescuezo al machismo.

 

 

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