Retorcer la vieja masculinidad

Retorcer la vieja masculinidad

En su edición 158, la Revista Arcadia publicó un texto de la novelista Margarita García Robayo titulado “Mi debilidad”. En él –toda una joya reflexiva– García Robayo habla de cuatro momentos distintos de su vida en los que ha tenido que cuestionarse por su lugar en el mundo como niña, mujer, escritora, mamá. Al final dice: “He llegado a la conclusión de que soy una mujer bastante convencional, pero incómoda con el hecho de serlo. Es como si mi cabeza aspirara a convicciones que mi cuerpo juzga impracticables. Sin sacramentos de por medio, debo tener una vida más o menos parecida a lo que las mujeres de mi familia desearon para mí, aunque erigida sobre fundamentos contrapuestos”.

Después de leer todo el texto y sobre todo después de leer esos párrafos finales donde está el fragmento que cito, tuve que detenerme y pensar un momento. Necesitaba reflexionar si yo también había criticado las convenciones con las que crecí o si más bien las había reproducido sin mayor problema en la relación que tengo con mi pareja.

Tuve miedo: ¿habré sutilmente mantenido las mismas posiciones de poder que primaron en mi casa durante mi infancia y adolescencia? ¿por más discursos y “likes” que haya dado a publicaciones feministas sigo siendo, en el fondo, un machista camuflado de nuevo hombre progresista?

Las dudas eran tantas que apenas llegó mi pareja del trabajo le solté como una catarata todas las cosas en las que había pensado. Finalmente hablamos y pude calmarme, porque me recordó que no soy mi padre, ni mis tíos, ni algunos de mis amigos, sino que soy yo el que ha construido una relación igualitaria con ella. Entre los dos hemos sentado las bases de nuestra relación y eso ha permitido que ninguno se imponga sobre el otro.  

De cierta manera confirmé lo que sospecha García Robayo: poco importa que una determinada relación de pareja reproduzca cierta estructura (heterosexualidad, monogamia, el deseo de tener hijos o de llegar a casarse), cuando lo realmente importante es que esa relación esté construida sobre fundamentos convenidos entre los dos y que hayan pasado por un proceso de crítica y reflexión.

En últimas, creo que esa es la tarea histórica que tenemos pendiente millones de hombres. No podemos tener una relación donde se presuponga que lo “masculino” es lo que han hecho nuestros padres o amigos o la celebridad del momento. Debemos construir nuestras masculinidades siempre en busca de la igualdad y con espacios amplios para cuestionar lo “normal” o la “tradición”. Al retorcer los fundamentos con los que hemos crecido (y que siguen pululando en el agotador día a día) estamos ampliando nuestra experiencia en el mundo, que es la gran ventaja de compartir (de verdad) la vida con alguien más.

No cuestionarnos a nosotros mismos es uno de los grandes triunfos del machismo. Paradójicamente, su triunfo es nuestra derrota: nos priva de la autorreflexión y del autoconocimiento. Siempre será mejor compartir las dudas sobre mí mismo con mi pareja, que no hacerlo y convertirme en un idiota útil.

 

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